Pedro Angel
Brasilia, Brasil.- El centro administrativo y político de Brasil se despliega sobre una amplia planicie flanqueada por el eje hotelero y turístico de la capital. Es, a primera vista, un baile de cuerpos pegados entre la modestia y el poder.
En la planicie de Brasilia, su capital, conviven la modestia y el poder. Edificios ministeriales sobrios flanquean al Congreso y al Palacio del Planalto, escenario de la historia política de los últimos 50 años. En el centro, la Catedral Metropolitana rompe moldes con su diseño moderno. Desde aquí se gobierna Brasil, y grandes paneles en los edificios comunican de forma directa la obra de gobierno a miles de ciudadanos y turistas cada día.
Los edificios que albergan los ministerios se elevan sobrios, altos pero sin suntuosidad, y abrazan en su centro geométrico al Palacio del Congreso Nacional, sede de la Cámara de Diputados y del Senado. A un costado, el Palacio del Planalto completa la tríada del poder.
Desde el Planalto se han escenificado los acontecimientos políticos más relevantes de los últimos cincuenta años. En su planicie, los presidentes juran el cargo y se dirigen a la nación. Es el kilómetro cero de la democracia brasileña.
Entre las dos anchas avenidas del Eje Monumental se alinean los ministerios más importantes. Y justo al centro, rompiendo toda expectativa, emerge la Catedral Metropolitana de Brasilia: un choque a la percepción occidental de los templos. Su estructura moderna de hormigón y vidrio renuncia a la arquitectura eclesiástica tradicional y se impone como otro símbolo del Brasil que proyectó Oscar Niemeyer.
Desde aquí, Brasil se administra. Y algo llama la atención: los edificios oficiales exhiben grandes paneles donde el gobierno difunde sus obras y políticas.
En la planicie de Brasilia conviven la modestia y el poder. Edificios ministeriales sobrios flanquean al Congreso y al Palacio del Planalto, escenario de la historia política de los últimos 50 años. En el centro, la Catedral Metropolitana rompe moldes con su diseño moderno. Desde aquí se gobierna Brasil, y grandes paneles en los edificios comunican de forma directa la obra de gobierno a miles de ciudadanos y turistas cada día.
El sol cae recto sobre la planicie y no hay dónde esconderse. Así recibe Brasilia. Caminas por el Eje Monumental y entiendes que aquí el poder no grita: se calcula.
Brasilia no tiene esquinas ni cafés en cada cuadra. Tiene distancias, silencio y monumentos que te hacen sentir pequeño.
Los domingos, la vida fluye vivaz: en el Eje Monumental se habilita una vía peatonal donde las bicicletas, patines y las familias toman el espacio para la recreación y el cemento da paso a lo humano.
A Brasil vale la pena visitarlo y darse unos días por la capital y luego planificar viaje por Bahía, Río de Janeiro y Sao Paulo, donde la diversidad racial y el color fluyen con más vigor.
Señores, visiten Brasil.

