A los 33 años, una madre guatemalteca se enfiló en los Estados Unidos.
Altagracia KubinyiFalls Church, Virginia, Estados Unidos. En medio de los acontecimientos históricos del año 1990, la guatemalteca Amparo Villeda decide tomar el timón del migrante y salir en busca de una oportunidad de vida digna para sus hijos y sus familiares.
Recuerda cómo en aquel 13 de abril, su alma se abrazó a la tristeza y a la esperanza. Un viernes que cambió su vida para siempre. Ya no podía disfrutar de los abrazos de sus hijos y de los buenos días de su madre y familia.
El adiós que nunca olvida. Aquella primavera que debió de ser radiante se convirtió en gris. Rememora la escena en la que Omar, su hijo pequeño, fue llevado con engaños a su habitación, todos levantaron sus manos en señal de despedida, la puerta de madera de su hogar se cerró y su corazón latió con una fuerza inesperada.
Durante todo el trayecto las lágrimas de una madre que comenzaba a sentir la ternura de su pequeño cubrieron el asiento del avión. Nada le servía de consuelo.
Sus hijos eran su alma y espíritu. Era una mujer joven de 33 años que comenzaba a vivir la aventura más difícil de su vida, ser madre soltera. Paralelo a la complicada situación de Villeda, el estado de Virginia, donde vive desde que llegó, disfrutaba la presencia del primer gobernador negro en la historia de Estados Unidos, aunque la madre no podía percatarse de esos interesantes detalles.
Lo latente en su memoria eran las ganas de salir victoriosa de la gran tarea de ser madre soltera y de la oscura primavera que vivía su Guatemala amada, cuando se comenzó a sentir la depresión del Quetzal y las familias tenían pocas esperanzas de progreso.
Amparo Villeda quedó al mando de su hogar. La confianza en Dios y las ganas de proteger a la luz de sus ojos fue la espada de batalla. Justamente a los 7 años de estar en los Estados Unidos vivió en carne propia el sentimiento de perder a su madre y no sentir su último suspiro, aunque el departamento de migración le concedió un permiso para verla en su lecho de enfermedad.
“Llegué a los Estados Unidos con una visa de turista, dejando a mis tres hijitos: Alex Aguilar, Marloy Aguilar y Omar Villeda al cuidado de mi hermana; uno de 12 años, otro de 11 y mi niño pequeñito de un año”, explica Villeda.
Un pie en el avión y el otro en tierra
Con la actitud de la mujer maravilla y el cinturón de la madre valiente, Villeda se integró a la vida laboral.
Se enfrentó a duros momentos al no saber el idioma inglés, pero su fuerza de voluntad era mayor que toda barrera. Inició como cuidadora de niños y a los tres meses comenzó a trabajar en la cocina. En ese momento ganaba 5 dólares la hora.
Decidida y resistente
Posterior a los trabajos anteriores, debió tener dos fuentes de ingresos. Su meta era clara, tener a sus hijos con ella. Mientras miles de persona disfrutaban de una siesta y del descanso adecuado para mantener una salud estable, la madre abnegada, sacrificaba su tiempo por ingresos.
Recuerda que, durante esos días, el cansancio le vencía. A veces dormida en el tren se le caía la tarjeta de pase. Muchos días en el que el frío implacable penetraba su cuerpo, pero la ilusión de abrazar a sus hijos calentaba su corazón.
“Comencé un nuevo trabajo de noche en cuartos fríos. Allí procesaba verduras para supermercados, con un fuerte horario de siete de la noche a siete de la mañana. Después de siete horas de pie me dominaba el sueño, pero dormir no era una opción. Sentía que las paredes caían sobre mí del cansancio ¡tan grande! Los compañeros me consolaban con la esperanza de que iba a amanecer”, expresa Amparo Villeda con fuerza y alegría.
Una escena constante
“Cuando mi madre falleció, sentí que mi vida se acababa y saber que no podía ir fue tan difícil. Pero tenía que tomar nuevas fuerzas porque debía de mantener a mis amados hijitos”, narra con voz quebrantada.
Su decisión y meta fue clara: “tener a mis hijitos conmigo. Poco a poco reuní un dinero para poder traerlos. Todos viven aquí, tienen sus documentos y son ciudadanos norteamericanos como yo”.
Un premio de la vida
Luego de ser mesera, de cocinar ante el ardor de grandes hornos, de estar en el centro del intenso frío del cuarto de cocina, de dormir en una habitación con más personas gracias a la solidaridad de su prima, recibió una luz al final del tren, la familia de Jamie quien la contrató y le confió su cuidado.
Después de siete años de inestabilidad laboral y de intensos trabajos, se conectó con la familia que hoy es su familia. Desde entonces está al cuidado de “su niña Jamie” que hoy tiene 59 años.
“¡No fue fácil! Al principio nos costó a las dos adaptarnos. Pero siempre tuve algo muy claro, el amor iba a ser la magia que necesitábamos y así fue. Hoy mi niña no ve su vida sin mí y la verdad que yo tampoco la veo sin ella. Es un ángel que ha venido a bendecirme “, narra Villeda.
Al padre de Jamie enfermarse, Amparo Villeda también se hizo cargo de su cuidado porque era la persona en la que la familia confiaba. “Luego de su fallecimiento me prometí no dejarla y me quedé trabajando en la casa, en la que hoy permanezco”, confió la madre.
En gratitud permanente
“Me siento muy agradecida con Dios por darme salud. En los 30 años que tengo de estar en este país jamás he estado hospitalizada. El todopoderoso me ha premiado de mucha energía para salir adelante, estoy orgullosa y satisfecha de mis hijitos. Tengo cinco lindos nietos y espero más”.
“Que hubiera escrito Neruda, Que habría pintado Picasso, Si no existieran musas como ustedes”, escribió el cantautor guatemalteco Ricardo Arjona para la década de los noventa. Es una canción que conectan con esta historia.
“No existen límites para las madres solteras. Soy el ejemplo vivo de que se puede, aunque el sacrificio y el camino sea tan difícil”, afirma Amparo Villeda.
Antes de despedirse motiva a todas las madres solteras y a la población migrante a mantenerse de pie y encontrar esa fuerza que le motiva a lograr sus metas.
Fotografías de la autora y de archivos familiares.




